Miami siempre ha sido un paraje condenado a la superficialidad. No es su culpa, en realidad: Florida emergió a lo largo del Siglo XX como un espacio cuyo relato impuesto por el capitalismo rampante -destino idílico, paradisiaco y tropical- buscaba establecer cierta competencia o simetría en relación a California. Estados Unidos, un ente total, dispuesto siempre a ocultar sus fisuras, no podía permitirse tal desbarajuste geográfico. Tom Petty, nacido en Gainesville, al norte del estado, lo dijo en su momento: podrán construir lo que quieran, pero esto no es más que un pantano.
Como todos los destinos de Norteamérica -y a pesar del discurso político predominante-, Miami es un crisol cultural: está demasiado lejos del resto del país como para no ser un espacio reservado al veraneo, las vacaciones y la desconexión; está, también, demasiado cerca de diversos asentamientos caribeños y de la isla que tantos dolores de cabeza provocó al país más poderoso del mundo durante el siglo pasado. Miami está conformado por una población que persiguió el concepto de la tierra de las oportunidades; como es normal, se explica también a partir de los encontronazos y discusiones que esto puede llegar a gestar. Es un territorio en disputa cuya identidad no consigue quedar clara. Debbie Harry, cantante de Blondie, nació en Miami bajo el nombre de Angela Trimble; reconfiguró su propia identidad mudándose a Nueva York, asumiéndose hija de la escena musical de Manhattan y adoptando, cómo no, un nombre nuevo. La herencia caribeña se mantuvo, sin embargo: basta ponerse The Tide Is High, una canción extraña para una banda de punk rock, para dilucidarlo.

A las afueras de Miami, a mitad de camino entre la urbe y Fort Lauderdale, se yergue el Hard Rock Stadium. El nombre del barrio de al lado, cómo no, carga consigo el nombre de Hollywood: no busca necesariamente ser una reedición a escala del célebre condado angelino -incluso, pues, su mayor atractivo son sus playas; nada más lejano a su tocayo tan desvencijado como encantador-; quizá, en cierto modo, quiso demostrar el mencionado efecto espejo. A unas cuantas cuadras de la casa de los Dolphins está también el Overtown: barrio célebre durante los cincuentas, tras la Segunda Guerra Mundial, por la envidiable escena jazzística de la que fue hogar. En sus bares pululaban noche tras noche Ella Fitzgerald, Billie Holliday, Count Basie o Nat King Cole. Miami, en su condición de destino vacacional, fungía como un punto clave en la cartografía musical norteamericana al conformar una suerte de triángulo escaleno con Nueva York y Nueva Orleans.
La salsa neoyorquina encontró también auge en Miami, poquito antes de que en la década de los ochenta el cine hollywoodense estableciese a Florida como la gran meca de la mafia y el crimen. Proyectos como Miami Vice, Scarface o Carlito's Way encontraron a Miami como el concepto ideal para concatenar historias de calor e ilegalidad. En Estados Unidos, lo sabemos, la línea entre realidad y cinematografía a efectos identitarios es bastante delgada: Miami aceptó su destino y se convirtió en el escenario idílico de cualquier cantidad de historias que burlaban a la ley.

El expansionismo de Miami durante el Siglo XX trajo consigo la llegada de franquicias deportivas estelares: los Miami Dolphins arribaron en 1966; el Miami Heat en 1988 y los Florida Marlins (posteriormente rebautizados como Miami Marlins) en 1993. Miami se asumió como ciudad deportiva de primer orden al adjudicarse equipos de fútbol americano, básquetbol y béisbol, los tres grandes deportes del país. Encima, es una de las pocas ciudades respecto a las cuales podría establecerse total congruencia entre los elementos identitarios que enarbolan a sus clubes: delfines, calor y marlines. El estadio que se erigía como casa de dos de esos tres equipos solamente podía cargar con un apelativo: Sun Life.
Miami, superficial o no, es un crisol caribeño, cubano y latinoamericano. Ha construido una identidad alrededor del crimen televisivo y el concepto vacacional (cuántas veces en Seinfeld no les preguntó Jerry a sus padres por qué demonios ansiaban tanto vivir en Boca Ratón, en Florida). Sus equipos, alejados de la noción deportiva asidua de elegir la mascota o el apelativo más agresivo posible, responden a la idea tropical y paradisíaca de la playa y el sol. Ser congruente con la identidad de la ciudad no es poco.





