Durante su efímera aventura como coordinador ofensivo de los Cleveland Browns, Todd Monken calificó sus interacciones con Freddie Kitchens, entonces entrenador en jefe del equipo, como una suerte de "visitas al dentista".
Monken, que venía granjeándose una reputación como playcaller en la NFL tras montar una ofensiva electrizante en Tampa Bay con Ryan Fitzpatrick y Jameis Winston compatibilizando snaps, nunca fue bendecido con el privilegio que ostenta un cargo de su dimensión: llamar las jugadas durante los días de partido.
De hecho, Monken señaló a Kitchens, con esa severidad tan sofisticada que le caracteriza, de alterar los planes de partido bocetados durante la semana. Esta circunstancia provocó que Cleveland tuviera en la temporada de 2019, en palabras de su propio staff de entrenadores, una "ofensiva disfuncional".
La amarga experiencia en Cleveland lo obligó a buscar nuevos horizontes en la NCAA, donde se integró al equipo de trabajo de Kirby Smart en la Universidad de Georgia. Smart tenía una impronta, una filosofía y una ascendencia que se asemejaba a la de Nick Saban en Alabama, con una orientación eminente defensiva. Por lo tanto, su proyecto integral exigía un perfil como el de Monken para tomar las riendas del ataque.

Monken nunca se distinguió por ser un fundamentalista de los sistemas ofensivos, pese a sus vínculos formativos con la teoría y los conceptos más radicales de la Air Raid durante sus días como asistente del kamikaze Mike Gundy. De hecho, es difícil hablar de una filosofía asociada a Monken, un entrenador cuyo único mantra se sustenta en su propia teoría del equilibrio ofensivo, que no tiene que ver con una mezcla virtuosa entre lanzar y correr, sino con involucrar y dotar de herramientas a la mayor cantidad de jugadores explosivos en un plan flexible.
Juntos, Kirby y Monken ganaron el título nacional en años consecutivos (2021 y 2022). Pese a que ese equipo gestó su candidatura en una defensiva intimidante que incluía nombres como los de Jalen Carter —que recientemente se convirtió en el tackle defensivo mejor pagado de la historia en la NFL con los Eagles— , Travon Walker —quien firmó en abril una extensión millonaria con los Jaguars— y Nakobe Dean —una de las certezas competitivas de los Raiders—, Monken se las ingenió para transformar a Stetson Bennett, antaño "walk-on (jugador sin beca)", en un quarterback capaz de correr una ofensiva refinada.
Fiel a su estilo asceta, Monken nunca tomó el crédito correspondiente por aquellos años dorados en Georgia. Se limitó a decir que su trabajo era "el resultado de nuestros jugadores, de Kirby Smart, de nuestra cultura y de nuestro cuerpo técnico".

Tras su periplo en la ciudad de Athens, se sintió motivado para aceptar un billete de vuelta a la NFL con los Baltimore Ravens, por invitación de John Harbaugh. Consciente de que el método anticuado de Greg Roman no permitía ver florecer la mejor versión de Lamar Jackson, Harbaugh confió en él para llevar a su superestrella al siguiente nivel. El éxito de inicio fue incontrovertible: Lamar ganó su segundo premio MVP en la primera temporada bajo la tutela de Monken. Al año siguiente, los Ravens terminaron como la mejor ofensiva de la NFL por primera vez en su historia. Para 2025, las múltiples lesiones que aquejaron a Lamar Jackson lastraron las posibilidades del equipo.
Monken asumió, con modestia samurái, la responsabilidad del colapso y confesó, tiempo después, que no estuvo a la altura de las circunstancias. "No dirigí a Lamar lo suficientemente bien. No tuve una relación tan buena como podría haberla tenido. No hice las cosas que necesitábamos hacer este año para ganar suficientes partidos y darnos una oportunidad. Eso es lo que creo", dijo en medio de su comparecencia en el Ryan Ripken Show.
Luego de ser cortejado por Harbaugh para seguirle la pista en Nueva York ante su salida de Baltimore, Monken eligió labrar su propio camino como responsable absoluto en un destino que le resultaba familiar: los Cleveland Browns, la antítesis de la estabilidad a nivel proyecto.

De momento, con los Browns en la cima de la AFC Norte y la resurrección de Deshaun Watson como un pasador legítimo para los estándares que demanda la NFL, Todd Monken parece haber sorteado la primera fase del reto que supone emanciparse en una plaza tan proclive al caos.
Lo normal, visto su asombroso expediente, es que construya algo lo suficientemente sólido en Cleveland, otrora epicentro de las "visitas al dentista", como para que algún periodista avispado le conceda el título que incomprensiblemente él mismo ha eludido con tanta convicción: gurú.




